viernes, 30 de septiembre de 2011

Enseñar a los niños a relajarse (Parte III): Koeppen

       Las técnicas de relajación, como ya hemos visto, tienen como objetivo trabajar las respuestas ante situaciones que generan ansiedad y/o miedo. El método de Koeppen es una de las muchas metodologías que se basan en la relación existente entre el estado físico y emocional, por lo que relajando, mediante la tensión y distensión, nuestros músculos, llegaremos a un estado de tranquilidad generalizado. Esta técnica se usa con niños desde que ya pueden seguir órdenes hasta los 10-11 años, ya que a partir de esas edades las demandas pueden resultarles muy infantiles y desmotivarse, por lo que podemos no llegar hasta nuestro objetivo. Así mismo, como el resto de técnicas, además de enseñar al niño cómo relajarse, también le estimula a aprender a reconocer y discriminar la tensión que tiene cuando se pone nervioso o agresivo.

  Al igual que se aprende cualquier otro tipo de habilidad, enseñar al niño a relajarse implica que éste debe practicarlo en la misma medida que lo haría con el resto de habilidades.

Para que resulte efectivo, debemos prestar atención y seguir con especial cuidado las siguientes pautas:

   · Es importante que, al principio y hasta que el niños pueda hacerlos solo, haya un                                                        adulto regulando el proceso.
        · Dependiendo del grado de afectación del niño se puede realizar las veces que sean necesario, si bien al inicio como mínimo una vez al día, sobre todo antes de acostarse. Es fundamental que seáis constantes al realizarlo para que aprenda a hacerlo solo siempre que lo necesite.
             · Cuando comencemos el entrenamiento con el niño hay que asociar la tensión con incomodidad y bienestar, por lo que deberá estar tumbado en un lugar cómodo (cama, sofá,...), con ropa cómoda, temperatura adecuada, etc.
        · Cuando se inicia el programa se irán ensayando progresivamente los grupos musculares a relajar, trabajando tres grupos de músculos como máximo. El ir aumentando el número de grupos a relajar se decidirá viendo la evolución de cada niño. En ningún caso el niño debe cansarse o resultar una tarea aburrida o aversiva.
       · Cuando ya el niño ha dominado cada fase de tensión distensión, se pueden ir tensando grupos a la vez grupos a la vez para disminuir el tiempo, así podemos unir:
              Manos, antebrazo y brazos
              Frente, nariz, mandíbula
                            Cuello, hombros y estómago


        · Se puede usar música relajante para reforzar la sensación de calma y relajación, pero no es imprescindible. La música debe ser elegido por el niño, ya que si elegimos una música que no le gusta podremos crea el efecto contrario a la relajación. Lo que sí es imprescindible es que haya, sobre todo al principio calma y tranquilidad.

     El primer paso es entrenar en la respiración diafagmática, esto es muy difícil para muchos adultos por lo que aún más para los niños. Para ello el niño debe estar tumbado cómodamente en la cama sin que le oprima ninguna prenda ni le moleste ningún objeto próximo. Se le pedirá que cierra los ojos. A continuación, trabajaremos la respiración cogiendo aire por la nariz muy despacio, reteniéndolo durante 3 segundos y soltándolo por la boca muy lentamente hasta que se quede sin aire. Se repite el ejercicio unas 5 ó 6 veces endenteciendo gradualmente el ritmo respiratorio.
  
  Podemos comenzar sin retener el aire, ya que cuando no se está acostumbrado genera un poco de angustia, e ir progresivamente reteniendo un poco más. Para conseguir que conozcan hacia dónde tienen que llevar el aire, podemos dejar una de nuestras manos encima del diafragma, que se encuentra entre la caja torácica y el abdomen. Otro truco es que hinchen la tripa lo más que puedan ya que así nos aseguramos que el aire llega hasta esta zona.

Después de un par de semanas practicando la respiración (dependiendo del niño necesitará más o menos tiempo), pasamos a la relajación progresiva de Koeppen, tal y como hemos indicado al principio, por zonas y luego agrupando zonas del cuerpo. Al niño debemos indicarle las siguientes pautas:

     Manos y antebrazos: “Imagina que tienes un limón en tu mano izquierda y tratas de exprimirlo intentándole sacar el máximo jugo posible. Concentra tu atención en tu mano y en tu brazo cuando están apretando. Ahora deja caer el limón y nota cómo están tus músculos cuando están relajados. Volvamos a exprimir el limón. Ahora imagina que aprietas el limón con mucha más fuerza que antes. Nota lo tenso que tienes tu manos y tu brazo”. Repetimos el proceso con la mano derecha.

     Brazos y hombros: “Imagina que eres un gato peludo y perezoso que quiere estirarse. Para ello estira tus brazos hacia el frente y súbelo por encima de la cabeza todo lo que puedas. Siente el tirón en tus hombros. Levanta aún más tus brazos. Ahora deja que tus brazos caigan al lado del cuerpo. Bien gatito, estírate de nuevo.  Estira tus brazos al frente y súbelos por encima de tu cabeza. Llévalos atrás, más atrás, tira mucho. Ahora déjalos caer. Esta vez  tienes que conseguir estirarte aún más. Trata de alcanzar el cielo. Estira los brazos al frente, súbelos por encima de la cabeza, ponlos atrás. Nota la tensión y dureza en los brazos rápidamente y nota que bien se encuentra uno cuando está relajado. Te sientes bien, contento y a gusto”.

     Hombros y cuello: “Ahora imagina que eres una tortuga. Estás sentado sobre una roca, en una charca tranquila y agradable, relajándote bajo el calor del sol. Aquí te sientes bien, calentito. Oh no! Notas que un peligro se acerca. Pones tu cabeza dentro de caparazón. Tratas de poner tus hombros junto a tus orejas y tu cabeza más debajo de tus hombros. No es fácil ser una tortuga dentro de su caparazón. El peligro ha pasado. Puedes salir fuera al calor del sol, relajarte y sentir ese calorcito. ¡Cuidado de nuevo! Deprisa, pon tu cabeza dentro de tu casa y estate muy apretadito. Bien puedes relajarte de nuevo. Vuelve a relajar tu cabeza y tus hombros. Nota como te sientes de bien ahora en comparación a cuando estabas rígido y tenso. Una vez más ¡peligro!, mete tu cabeza. Pon tus hombros junto a tu cabeza y mantente rígido. No permitas que ni siquiera una mínima parte de tu cabeza se vea por fuera de tu caparazón, mantente firme. Nota la tensión en tu cuello y hombros. Bien, de nuevo puedes salir. De nuevo estás a salvo. Relájate y recréate en tu seguridad. Ya no hay más peligro. Nada te preocupa. No tienes miedo a nada. Te sientes bien”.
  
     Mandíbula: “Imagina que tienes un chicle en la boca, es duro de mascar. Haz que te ayuden los músculos del cuello. Ahora relájate. Deja tu mandíbula colgando, suelta. Nota que bien te sientes ahora que tu mandíbula está suelta. Ataca de nuevo al chicle. Mastícalo fuerte. Apriétalo con tus dientes. Ahora relájate de nuevo. Deja que tu mandíbula caiga más que antes. Siente lo bien que estás ahora que no tienes que luchar con el chicle. Una vez más, vamos a intentar partir el chicle del todo. Aprieta fuerte tus dientes. Tan fuerte como puedas. ¡Más fuerte! Relájate de nuevo, relaja todo el cuerpo. Has conseguido derrotar la chicle. Quédate tan suelto como puedas”.

     Cara y nariz: “aquí viene un  moscardón molesto. Se ha posado en tu nariz. Trata de deshacerte de el sin utilizar las manos. Así, arruga la nariz. Frúncela tanto como puedas. Bien lo has ahuyentado. Ahora puedes relajar tu nariz. Uf! Aquí viene de nuevo. ¡Échala fuera! Arruga tu nariz. Apriétala tanto como puedas. Bien de nuevo ha echado a volar, puedes relajar tu cara. Nota que cuando arrugas fuertemente tu nariz, tus mejillas, tu boca, tu frente y tus ojos te ayudan y entonces también se ponen tensos. Por tanto, cuando relajas tu nariz, toda tu cara también se relaja, entonces tú te sientes bien. ¡Oh no, vuelve de nuevo el moscardón! Pero esta vez se posa en tu frente, frúncela. Trata de atraparlo entre todas las arrugas de tu frente. Ya puedes soltar, se ha ido para siempre. Ahora puedes relajarte. Deja que tu cara se quede lisa, no la arrugues nada. Tu cara se siente bien, suelta y relajada”.

     Estómago: “eh, aquí viene un lindo elefantito, pero no mira por donde va. No ve que estás en el césped y está casi a un paso de tu estómago. ¡No te muevas! No tienes tiempo de irte de su camino. Prepárate para detenerlo. Pon tu estómago duro. Mira como se va por otro camino. Ahora puedes relajarte. Deja suelto tu estómago. Siente lo relajado que está, esto te ha sentir mucho mejor. ¡Oh, vuelve! Prepárate, endurece tu estómago, ponlo muy duro. Si él pisa sobre ti cuando tu estómago está duro se lastimará y se irá. Ya puedes relajarte. Nota la diferencia entre un estómago duro y un estómago relajado, así es como queremos sentirnos: bien, sueltos y relajados. Tu has conseguido sentirte así, pero el elefante se da la vuelta y va hacia ti. Ponte tenso, más. Ahora se va para siempre. Puedes relajarte completamente, estás a salvo. Todo está bien y tú puedes sentirte tranquilo y relajado”.

  “Ahora imagina que quieres pasar por una estrecha valla y los tablones tienen astillas. Tienes que hacerte muy delgado si quieres pasar al otro lado. Para ello tienes que meter tu estómago hacia dentro. Trata de apretarlo junto a tus costillas. Intenta hacerte tan fino como puedas. Lo has atravesado, ya puedes relajarte. No es preciso que continúes estando estrecho. Relájate y siente cómo tu estómago se encuentra bien y suelto. Bien, trata de atravesar la valla de nuevo. Pon tu estómago hacia dentro, como si quisiera tocar tu espalda. Ponte tan estrecho como puedas. Ponte tenso. Ya la has cruzado. Ahora puedes relajarte. Sepáralo de tu espalda y ponlo en su sitio. Ahora puedes sentirte muy bien”.

     Piernas y pies: “ahora pretendes estar derecho (de pie) descalzo sobre un gran charco de barro. Aprietas tus dedos del pie contra el barro. Intenta que tus dedos del pie lleguen al fondo de la charca de barro. Quizá necesites que la empujen tus piernas. Empuja, separa los dedos y nota como el barro pasa entre ellos. Ahora pisa fuerte el barro. Relaja tus pies. Deja sueltos tus dedos y nota lo bien que te encuentras cuando estás relajado. Vuelve a la charca de barro. Introduce de nuevo los dedos del pie. Deja que los músculos de las piernas ayuden a los dedos a empujar. Empuja, fuerte. Bien, sal fuera de nuevo. Relaja tus piernas, tus pies y los dedos de los pies. Nota lo bien que se está relajado. Nota una especie de tranquilidad y hormigueo.


     Siempre, para terminar la relajación el niño tiene que abrir lentamente los ojos y permanecer medio minuto aproximadamente tumbado sin moverse, ya que el cambio de estado, y más si se encontraba muy nervioso, puede producir mareos o hacer que el niño se encuentre extraño. 

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